
No fui uno de esos sevillanos que vibraban con el "alumbrao", ni nunca fui invitado a la noche del "pescaito".No sentía predilección por una u otra atracción y el coche de la escoba, más que miedo, me parecía una tomadura de pelo desde que una vez sorprendí fumando a una de sus temibles brujas. Siempre me dio vergüenza bailar por sevillanas y el perrito piloto iba a parar a las manos de otros niños mientras yo me quedaba mirando atónito las voces estridentes que aquel hombre bigotudo daba al micrófono...
No fui niño de feria, jamás. Si acaso, algún pequeño recuerdo de adolescencia consigue endulzar mis ojos en forma de nube rosa. Puede que salve estos días aquella conversación, una mirada o las ganas de abrazar a una morena que años después decidió poner un océano por medio, entre ella y su pasado...también rescataré alguna imagen de niño, en alguna caseta pública y vestido de gitano. En una mano un batido de fresa y en la otra un bocata de mortadela. Siempre fue la mía una feria de pueblo "chiquetito".
Sin embargo, me gustaría creer que todo no siempre fue así. Por eso, me voy a parapetar en una esquina para ver si llega Pepe el escocés con su rubio sudor de manzanilla, o saldré al encuentro del paseo de los caballos. Quizás tenga suerte y me tope con el altanero peralteo de Cabriola. "¿Que te han dicho que se ha visto a Ava Gadner pasear del brazo de un gallardo torero?, no me extraña. Cuentan las malas lenguas que, en Chicote, no para de empinar el codo. Dicen que él no va con ella en serio, que la quiere para lo que la quiere...desde luego, hay algunos que nacen con una flor en el culo...hablando de flores, ¡ponte un clavel blanco en la solapa, hábrase visto sevillano más poco detalloso...!"
Entre charlas y risas, entre penas maquilladas con brillantina y popelín, voy a acercarme a la "Primitiva amistad" o a la caseta de "Wilfredo el velloso" y, por su puesto sin guardias de seguridad en la puerta, voy a pedir media botella de la Guita y una tortilla de papas llena de albero (cómo no). Dicen que a partir de las doce, vienen desde Lebrija las guardianas más puras del cante por sevillanas más genuíno. Las trae Don Francisco, que el primo es el alcalde del pueblo...
Paseando, muy pausado, al son del pianillo y de las bulerías de las buñoleras, me voy a dejar querer por las sirenas de Morfeo, soñando cómo ellas mismas pintan un cielo de farolillos en el que no haya sitio para chuflas y foreros nuevoseñoritos. Mientras lo hago, con ritmo de seguidilla (7-5-7-5) de la más bella nana, su voz, la de el Pali, dictará el manifiesto que lamenta pero no arroja, como la misma ciudad que soñamos cuando niños, con un batido de fresa en la mano...