
Dicen que la historia la escriben los vencedores.
Y realmente, no les falta razón a quien afirma esta obviedad. Desde que el mundo es mundo, la "verdad" siempre tuvo un estómago grande y agradecido que se arrimaba al son que más le calentaba. Nunca una victoria fue silenciada, y hubo siempre quien bufoneó por unos mendrugos de clemencia.
Todo rico, poderoso, dictador o sátrapa de turno tuvo entre su corte alguien que ejerció de juglar para su gloria.
Nadie recuerda, sin embargo, aquel que no llegó unos metros más allá, unas milésimas antes o un golpe un poco menos certero que el de su contrincante. Queda en ese olimpo de perdedores quien no hizo un pacto con la suerte y arrancó con sus propios dientes las raíces en la más cruenta lucha.
Sin embargo, esta noche es diferente. Creedme si os digo que he visto, Palmera abajo, la misma bandera -verde y blanca- de aquellos que lloraron alejándose de su tierra. Su gloria de Imperio capituló, mas no su recuerdo. Son sus caras las mismas que las de aquellos patricios que vivieron al lado de un río. Sobre sus cabezas agachadas se atisban laureles de cielos que las golondrinas se encargaron de ir despoblando a golpe de amarguras...son estos niños que veo hoy los mismos que gritaron "campeones" a un equipo sin corona. Faltos de pan, pero llenos de decencia...
Y aunque es cierto que los ganadores son quienes redactan la historia. Hoy, los perdedores, hemos escrito recto con los renglones torcidos de nuestra memoria.